Cito a Lacan:
..."Cómo saber si como lo formula Robert Graves, el padre mismo, el padre eterno de todos nosotros, no es más que el nombre entre otros de la Diosa Blanca, aquella que su decir se pierde en la noche de los tiempos, por ser la diferente, otra siempre en su goce, al igual que esas formas de infinito cuya enumeración sólo comenzamos, al saber que es ella la que nos suspenderá a nosotros..." (2)
Si bien pareciera que en este recorte Lacan habla de la Diosa Blanca como una referencia a la muerte, tambien nos permite pensar que es uno de los nombres del padre.
La Diosa Blanca es una manera de imaginarizaciòn humana. Pero en tanto tal, ella no existe, entonces no sólo no hay La mujer, sino que una mujer se define por ser no toda fálica, jugando en lo real el significante de la falta en el Otro.
El hombre cree en ella en tanto la recrea en su mito individual neurótico, y por lo tanto retorna en el padecimiento del síntoma. Es por eso que Lacan reitera que para el hombre la mujer es un síntoma.
En la fantasmática femenina, el mito de la diosa blanca se despliega de diferentes maneras.
En el despertar sexual, la virginidad se plantea en algunas mujeres como un altar sostenido como tributo del amor al padre, en otras aparece como un emblema denigratorio, y pueden recurrir a distintos métodos para hacer caer su virginidad.
Ambas circunstancias dan cuenta de que para una mujer hacer caer de su pedestal a la virgen es una pesada carga. Corte en lo real del cuerpo, marca que la atraviesa y que ha de ser resignificada en diferentes momentos de su vida. Precio que debe pagar para iniciar el acceso a la feminidad.
Una película , The piano, traducida como La lección de piano, me permitió avanzar en este sentido.
¿Cuál es la lección de piano? Es precisamente esa, en la que una mujer por la vía del trueque, que el deseo de un hombre le propone, accede a su propio deseo.
El piano, objeto invalorable para la escucha del Otro, es el objeto a perder, no hay opción, la lección es la elección. El piano o la vida.
Hermosa escena final, muy bien lograda, que muestra precisamente que la única elección posible es perder ese objeto valioso, la música del Otro, para poder hacer lugar a su propia música, su propia voz. Esa que el amor y el deseo por un hombre logró hacer vibrar.
Toda mujer tiene su precio reflexionaba un analizante, él también tiene que poder pagar para acceder a ella, el precio de la castración.
Otro analizante planteaba su desencuentro real con las mujeres. Las que le gustan no le dan bolilla, finalmente a las que sí logra conquistar las desestima, porque no gusta de ellas.
En una circunstancia, decepcionado por la no correspondencia de su amor por una mujer, cuidadosamente elegida, plantea que hubiera deseado que ella no dijera nada, que no hablara de eso, que no abriera la boca para mostrarle que no lo deseaba.
Rapidamente aparece en escena otra mujer, y me comenta que si bien no la desea como a la anterior, a modo de justificación dice que si no tiene una mujer en la cabeza se vuelve loco. Desear a una mujer supuestamente lo ordena, sin embargo en el encuentro fallido con ella se angustia y escapa cuando se entera de que era virgen.
Desencuentro angustioso allí donde esperaba a una mujer, tomo consistencia la virgen, la toda.-
Lacan en R. S. I nos plantea que "Dios es la mujer vuelta toda. Ella no es toda. En el caso en que ella existiera por un discurso que no sería el del semblante tendríamos el existe uno que dice no a la función fálica, el Dios de la castración. Este es un anhelo del hombre, un anhelo que existe de las mujeres que ordena la castración . El fastidio es que no las hay."(4)
La mujer como uno de los nombres del padre, como plantea Lacan, es un nombre a perder a perpetuidad.
En tanto toda ella no habla. Es por eso que el hombre desea más de una vez que ella no abra su bella boca. Escucharla implica correr el velo, hacer caer la ilusión que la endiosa.
Hablar para una mujer implica romper el enigma.
Hacer caer a la mujer como toda, barrarla, es pagar el precio de acceso al deseo.
El sufrimiento, el dolor, la queja, la protesta feminista, son los ecos de la imposibilidad de hacer existir a La mujer, a La diosa.
El goce en juego del enigma encarnado, goce masoquista, compromete jeroglíficamente el cuerpo obturando la posibilidad de acceso al goce femenino.
El goce femenino del que nada se sabe, precisamente porque se siente y eso sí lo sabe una mujer y como suele sospecharse no le pasa a todas.
El goce femenino, goce de la falta, el goce del más allá del falo comparable al de los místicos, es ese goce adicional, suplementario respecto de lo que designa como goce la función fálica.(3)
Se trata de interrogar, en otro momento cual es la relación entre el goce masoquista y el goce femenino.
BIBLIOGRAFIA
Robert Graves, La Diosa Blanca. Editorial Losada.
(2). Lacan, El despertar de la primavera. En Intervenciones y textos 2. Editorial Manantial.
J. Lacan, Seminario 20, Aun. Editorial Paidós.
(4) J. Lacan, R.S.I clase del 11-3-75
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