| Un organismo viviente, un aparato, un campo enigmático, irrepresentable, cercano pero desconocido, determinado por oscuras fuerzas biológicas, físicas y químicas que nos son totalmente ajenas.
Esa vida de la que no sabemos nada, podemos imaginarla: "se nos presenta en ella como algo del orden de lo vegetal".(3).
EL SÍMBOLO
Sin embargo, algo de "ese desconocido" deviene representable: "lo aprehendemos como forma".(4).
Lo viviente no alcanza para hacer un cuerpo: la carne es violentada por el símbolo, y sólo por él, el hombre es hombre. (5).
El símbolo muerde la substancia, la perturba, la ensombrece de muerte anticipada, la envuelve en la estafa de sus brillos, la vierte en los moldes de sus máscaras, para expulsarla finalmente al exilio.
Un niño le dice a su abuelo que a veces no comprende las palabras que escucha. Trata entonces de repetirlas y por ese esfuerzo las palabras le inflan la cabeza. El abuelo, que se llama Jacques Lacan, dice que el niño ha comprendido qué es el Inconsciente (6): que las palabras "entran" en la cabeza, que hablar es parasitario. No es por eso que la cabeza crece, pero es un error que no carece de lógica: para el niño las palabras que "entran" originan modificaciones en su organismo y de ellas dependen las características de lo que él considera que es su cuerpo.
Esas palabras que entran en la cabeza son también ellas mismas un cuerpo, una materialidad sonora, una textura, un espesor que incluye una dimensión temporal. (7). Lo simbólico es un cuerpo, una organización que se constituye como sistema, con sus propias relaciones internas y determinaciones.
La articulación del lenguaje y el cuerpo vivo es la tormentosa puesta en contacto de dos sistemas heterogéneos. El término "intimación" (8) es una de las metáforas que Lacan produce para connotar la acción de la palabra sobre el humano. Remite (en una acepción física) a la introducción, por las porosidades de un cuerpo, de otro cuerpo que ejercerá una influencia o autoridad sobre el primero.
Ese cuerpo de lo simbólico posibilitará a su vez "otro" cuerpo, el imaginario, esa forma que es lo único que tendremos para captar algo del cuerpo real. ¿Cómo se alcanza a aprehender como forma al organismo viviente?
EL UNO
En una biología desordenada e inmadura, donde desde diversos puntos pulsan tendencias, sensaciones y dolores de manera anárquica y despedazada, el significante unifica: introduce, organiza en la mente, la idea de la unidad. Sólo por eso, en tanto hablantes, podemos decir, sentir y creer que "tenemos" un cuerpo.
La madre hace falo al niño, lo yergue, lo erecta cada vez que lo alimenta, lo mece o lo abriga. El niño ingresa en la alienación por doble vía: recibe del Otro tanto una significación como una imagen de su ser. Ellas permiten incorporar la idea de una unidad, al precio de pervertir para siempre el entendimiento: el sujeto cree que él es lo que la imagen y la significación (provenientes del Otro) le certifican.
El cuerpo es percibido en el exterior, en el espacio virtual del espejo. Sin embargo, existe para el humano la posibilidad de conectar la imagen que se percibe visualmente, con las sensaciones perceptivas que provienen del cuerpo real. La experiencia propioceptiva, sostenida por el sistema neurológico real, posibilita una conexión entre la imagen que se percibe y las sensaciones.
Ello abre a lo que está más allá de lo aparente. Se sabe así que además de la imagen, hay un espacio real que está por fuera de ella. El sujeto advierte que cada cuerpo no es sólo una imagen, una figura de dos dimensiones, sino que incluye el cuerpo real. Esa inclusión del cuerpo real (que como tal no está, escapa, "le falta" a la imagen), esa articulación de lo que se presenta en la imagen, con lo que en ella no puede presentarse, es lo que permite diferenciar real e imaginario.
El cuerpo real "no entra" en la imagen, pero sí tiene una representación imaginaria para el sujeto. Representación que, de ese modo, incluye tanto la imagen como lo que en ella falta.
Ese es el cuerpo que escribe Lacan en el anillo de lo imaginario (9): la representación del cuerpo, que incluye el yo y el ego. El yo es la unificación anticipada e ilusoria de un sujeto que se constituye en el desconocimiento de "creer ser" la imagen que está recubriendo su cuerpo real. El ego es la idea, el "sentimiento de sí" (10) que tiene el hombre. Aunque Lacan lo toma irónicamente, puede resultar útil para pensar que no sólo se trata de la imagen, sino de la articulación con lo que en la imagen está excluido: el cuerpo real.
Perdido el organismo y organizada una representación, el cuerpo real queda como lugar vacío más allá de toda inscripción. Y sin embargo, desde su exclusión soporta lo más íntimo, lo más propio, lo más singular de cada sujeto.
LA PÉRDIDA DE GOCE
Además de la unificación, el significante va a operar una esencial pérdida de goce. El lenguaje mata y ausenta la cosa al representarla. El Otro nombra y con ello intima al viviente a decir y a decirse, a entrar en el desfiladero de la palabra. El lenguaje (como la fórmula de la pulsión escribe) pervierte la aspiración de goce: la fuerza a convertirse en demanda, en discurso y en vínculo social. "Conversión" (siempre fallida e insuficiente) que pasa por el tamiz de "lo que debe pedirse".
Así, cada demanda será tanto el resultado de ese pasaje, como un mito de origen: el supuesto de un goce anterior, para siempre perdido.
El cuerpo real pasa a ser tanto el manantial de donde surge y prolifera el goce, como el territorio que ha sido "vaciado" del mismo.
Lo que de goce no se pierde, se "recupera" (parcialmente) en una circulación obligada por el campo de las imágenes y las palabras, organizado por el intercambio de demandas y respuestas a las demandas entre el sujeto y el Otro. Queda así marcado de límites, de renuncias y de topes, entrampado en un mercado de intercambios y transacciones.
De un goce supuestamente ilimitado, sólo quedan los objetos del fantasma, sustitutos decepcionantes (porque no recuperan lo perdido), que tanto satisfacen como in-satisfacen, por el amargo sabor de pérdida que su gusto no desmiente.
En definitiva, el cuerpo es un efecto hecho en la carne viviente por la palabra que lleva al intercambio de las recíprocas demandas.
Pero si para salvar la vida se entregó la bolsa, no se termina de llorar la pérdida, ni de intentar recuperar lo perdido.
Esa nostalgia es la que hace que al contemplar un lactante que se duerme cuando ha terminado de mamar, surja la idea del reposo en un goce cerrado sobre sí mismo, se imagine un cuerpo como puro organismo de goce.
La experiencia de satisfacción freudiana, tanto permite imaginar un cuerpo en goce "antes" del significante, como acentuar que ella deja una inscripción, una huella. Desde entonces la satisfacción de ese cuerpo sólo será obtenida a partir de esas marcas.
"No hay imagen que nos afecte que no recuerde los gestos que nos hicieron"... (...)..." el hombre es una mirada deseante que busca otra imagen detrás de todo lo que ve." (11).
Un cuerpo sólo es humano en tanto soporta, como un pergamino, las inscripciones simbólicas del sistema de transacciones que cambian goce por palabra. Lo simbólico es una máquina que escribe tatuajes invisibles, cifras del goce perdido, vías por las que necesariamente el sujeto deberá encarrilar su búsqueda de satisfacción. Como dice Scott Fitzgerald: "Así remamos, botes contra la corriente,arrastrados de regreso incesantemente al pasado."
No sólo tal repetición no reencontrará lo perdido sino que, además, encontrará la pérdida que el pasaje de goce desde el cuerpo al significante implica: entre la experiencia de satisfacción y la satisfacción alucinatoria hay una diferencia en menos, una pérdida de goce en relación con una supuesta satisfacción primera y total. Así, el significante articula pérdida y nostalgia por un goce que no se tuvo.
Vaciamiento y nostalgia son condiciones para que el sujeto busque algo que "está por fuera" para satisfacerse. Ellas son estructurales y estructurantes: sólo por ellas habrá búsqueda libidinal del objeto y satisfacción.
El complejo de Edipo nos lega la idea que sólo la renuncia a la madre posibilita acceder a las otras mujeres del mundo. Se incorpora una ley que prohibe un goce, que lo desplaza, que lo estira en una promesa futura.
Entonces: un goce anterior y otro posterior al significante. Mítico el primero, limitado el segundo. La palabra saca al goce del cuerpo, crea el mito de un paraíso perdido, da cuerpo a un nuevo goce, y toma luego a su cargo dejarlo pasar reguladamente, para "gozar lo menos posible".(12).
La palabra es un camino que extravía, que lleva al exilio en la realidad, donde cada cosa es sólo un nombre que nombra antes que nada la pérdida originaria.
De ese supuesto tiempo primero hacemos mitos: la pulsión de muerte freudiana, voluntad de destrucción, de ataque al significante, de rechazo a la exigencia de hacer pasar el goce a la cadena, anhelo de retorno al paraíso perdido, a la nada originaria, para volver a empezar.
Otro mito lo subraya Lacan en Freud: la Cosa, "aquello de lo real primordial que padece por el significante"(13). Pérdida originaria, real puro, anterior a la simbolización que le dará una nueva forma de existencia, núcleo de imposibilidad que es a la vez lo más íntimo y lo más inaccesible para el sujeto. Asiento de un goce ilimitado, de satisfacción plena, de abolición de la falta en ser y de toda tensión diferencial. Punto absoluto de partida y de llegada del deseo, en suma Nirvana, muerte, destino final de toda vitalidad.
Lo decisivo es que La Cosa (como la madre) están prohibidos para el hablante. |