El principio del farmakon
En su libro Toxicomanías y psicoanálisis. Las narcosis del deseo, Sylvie Le Poulichet construye una fórmula innovadora a la que llama “Operación del farmakon”.Esta operatoria le permite definir la especificidad del acto que crea una toxicomanía, distinguiendo así a la toxicomanía del farmakon presente en todo uso de drogas. ¿Qué sería entonces lo propio de la operación del farmakon? Se lo podría sintetizar de la siguiente manera: Producir una “cancelación tóxica” del dolor, y una restauración de un objeto alucinatorio, realizando “una particular suspensión del sujeto”, un estado en que el Yo y el otro no se diferencian.
Este estado de autoconservación paradójica le permite a Le Poulichet refutar ciertos postulados de los discursos dominantes que presentan a la toxicomanía como una “autodestrucción”. Para Le Poulichet, por el contrario,la toxicomanía es una operación esencialmente conservadora que protege a una forma de narcisismo y permite neutralizar lo que cobra para un sujeto el valor de una amenaza de devastación, al precio de su propia devastación subjetiva.
Asimismo, la autora plantea ciertas diferencias cruciales para situar en la clínica, entre lo que denomina “toxicomanías de la suplencia”, y “toxicomanías del suplemento”. En las primeras, la operación constituye una restitución alucinatoria de un fragmento del cuerpo. En la segundas, la operatoria realiza una particular puesta en suspenso del deseo y una evitación de la castración simbólica.
A continuación se expone algunos pasajes del mencionado libro de Sylvie Le Poulichet referidos esencialmente a la situación transferencial que suele presentar la clínica con toxicomanías.
Cuando en el transcurso de una cura el principio de abstinencia se ve de algún modo amenazado, la situación psicoanalítica parece a punto de volcarse a un dispositivo de hipnosis y de sugestión. En este punto se impone un retorno a las consideraciones freudianas sobre la adicción a la hipnosis:
“Toda vez que las circunstancias hacen necesaria una aplicación permanente de la hipnosis, se produce una habituación a ella y una dependencia respecto del médico hipnotizador,, lo cual no puede contarse entre los propósitos de este procedimiento terapéutico.”
La hipnosis sería sin duda apta para reducir el sentimiento de impotencia del analista porque lo situaría favorablemente en el seno de la relación de rivalidad. Como hemos visto, el hipnotizador no encarna a otro cualquiera: en efecto es comparable con un “Otro-alquimista”, para una cura que se asimila al farmakon.
¿Sugestiones emitidas por el analista favorecerían un “despejamiento del terreno” al comienzo de la cura? Es lo que preconizan ciertos analistas que de ese modo intentan preparar “un procedimiento creíble de deshabituación y de pos-cura”, con su participación activa:
“En el momento en que se instaura para el neurótico la neurosis de transferencia, por el atajo de la manipulación de la droga el espacio analítico es investido por un actuar que jaquea al analista si se mantiene fiel al encuadre. Para que la cura sea todavía viable, puesto que el encuadre clásico se revela enteramente inadecuado, el analista debe re.-actuar; pero ¿cómo? Valíéndose a sabiendas de la posición de dominio para intervenir en la realidad. En efecto, el toxicómano anhela convocar la omnipotencia actuada de quien supone es el responsable: por aquí pasa la transferencia. Lo que no deja de tener sus riesgos”.
Si ciertos toxícomanos convocan semejante omnipotencia, es sin duda, con la secreta esperanza de que el analista sabrá abstenerse en ese terreno, o, también para sancionarlo mejor en caso de que responda a esa invitación. Para pensar psicoanalíticamente la intoxicación y la abstinencia en el marco de la cura psicoanalítica es preciso referirlas a una dinámica transferencial que incluya la abstinencia del propio analista.
Diré más bien que en el encuentro entre tal analista y tal analizando se despliega en un campo transferencial singular. Por eso no puedo contemplar la existencia de una transferencia tipo que caracterizara a los pacientes toxicómanos, y en relación con la cual se pudiera prescribir un modelo de “reacción” del analista. Aquí tendríamos más bien la aniquilación de todo proyecto de análisis desde el momento en que el clínico se fijaría en un rol predeterminado que reduciría la cura a una lucha imaginaria.
En la cura analítica no nos relacionamos tanto con el producto tóxico cuanto con la puesta en escena imaginaria de sus efectos en el campo de la transferencia.
- Si la droga debe desaparecer, decaerá por sí misma, en un après coup, a condición de que el terapeuta no restablezca una relación dual. Un punto que parece esencial es que el analista pueda situarse de tal modo que no esté en posición de prohibir ni de prescribir nada.
- Tomar la droga por el “objeto” puede conducir a un impasse. El uso continuo de drogas persistirá casi siempre en la cura hasta que unos objetos pulsionales no hayan sido elaborados suficientemente. Por lo tanto, habría que invertir la persectiva: no es la droga como “objeto” la que impide que se instaure una relación transferencial, sino que una operación del farmakon sigue siendo requerida, casi siempre, porque susbsiste el miedo de una captación destructiva en esta relación.
- No se trata en consecuencia de empecinarse en someter a una “deshabituación física” al paciente, porque en tal caso habría confusión de registros. En las instituciones asistenciales, no es raro que toxicómanos a quienes se declaró “curados” porque habían obedecido a un principio de abstinencia durante un período muy prolongado, mueran de pronto en un “accidente” o se suiciden.
- La interdicción dictada por un terapeuta, sobre todo cuando se trata de sujetos psicóticos, puede ser entendida como la existencia de un sacrificio que induce al paciente a pasar al acto. Un sometimiento a las exigencias de un “encuadre” no revela más que una forma de “aspiración” en una captación de tipo materno y no opera remisión alguna a una ley simbólica,
► Instaurar una escena
En el encuentro con el analista se debe instaurar “otra escena” sobre la cual el cuerpo recomponga sus trayectos pulsionales. Cuando el analizando enuncia sus decires, pierde algo del cuerpo. Y cuando actualiza sucesivas pérdidas, engendra las metáforas del cuerpo en la palabra. Por el trabajo de sustitución entre los significantes, y merced al relanzamiento de los decires que no fijan significaciones, lanzamiento de los decires que no fijansignificaciones, el cuerpo se elabora en el Otro. Y lo que vuelve posible este proceso es sin duda la instauración de un relación con “la ausencia”, que permite al paciente seguir ejerciendo su deseo.
► El ahuecamiento de la demanda
Durante este primer tiempo de puesta a prueba del vínculo y de los límites en la relación con el analista, muchos pacientes intentan anular su propia demanda y borrar la representación del analista. Entre estas tentativas de borradura, me parece esencial distinguir, como en otros campos, dos formas de actuares correlativas del tipo de sufrimiento de los pacientes que los ejercen: aparecen acting out, de manera general, en los casos de sujetos cuya toxicomanía es sólo de suplemento y que desde el comienzo se sitúan en una relación, mientras que “pasajes al acto” figuran casi siempre un modo de desaparición en el marco de las toxicomanías de la suplencia. Como conclusión de un artículo que introduce un notable esclarecimiento de estas dos nociones, M. Gaugain sitúa así estas formaciones: «En el acting out, habría algo en la conducta del sujeto que se muestra: el acento demostrativo hacia el otro es importante, la dimensión imaginaria es preservada. En el asaje al acto, el sujeto no se uede mantener enla escena en un estatuto de sujeto historizado: abandona la escena, ya no hay elemento de mostración hacia el otro, el sujeto se asimila al objeto a.»
En el primer caso, entonces, sigue presente la dimensión del anuncio hecho al analista, y permite a este trabajar sus resortes imaginarios, merced al distanciamiento de que da testimonio y, a la vez, a las nominacionesque propone. Así, cuando un paciente intenta abolir la demanda que acaba de formular, y multiplica para ello sus actuaciones, estas pueden constituir ya el soporte de una destinación al analista y ertenecer a la elaboración de una transferencia, a condición de que el analista se imponga de esos actos para erigirlos en huellas que, al mismo tiempo, dibujen un límite.
► Una formación alucinatoria en la palabra
Con estos pacientes, el analista se ve llevado desde la primera entrevista a preguntarse si la palabra no trae consigo, en lugares singulares, su propio “tóxico”. La experiencia muestra, en efecto, que ciertos decires pueden engendrar de entrada un forma de “exceso” alucinatorio que impida la constitución de una destinación. Se trataría, también en este caso, de velar para que el acto de la enunciación pueda ajustarse previamente en la relación con el otro.
Que la palabra pueda traer consigo su propio tóxico significa que, al proferirse, destruye toda otra posibilidad de relanzamiento de los decires, y que anula en este espacio una capacidad de palabra. Puede tratarse de esos momentos en que un paciente produce por ejemplo el relato de un acontecimiento sin que la palaba pueda soltarse entre el analista y él. Porque lo así producido concierne a un lugar de goce y de desparación.
► Formaciones de depósito
De una manera más precisa, las que llamo formaciones de depósito aparecen esencialmente a través de la violencia de un “todo está dicho”. Cuando de repente es descargado un relato de horror que puede apoyarse en algunos elementos de evidencia, se consumaría la tentatia de una puesta en depósito de un “exceso” que da a la palabra la dimensión de un actuar. El analista podría entonces quedar pasmado, inmovilizado por el actuar constitutivo de ciertas palabras, no precisamente por el contenido de los decires, sino por la dimensión alucinatoria que ellos incluyen. Pareciera en esos casos que algo del orden de lo “traumático” se reescenificaría a traés de su propio encantamiento; esta repetición puede actualizarse como la puesta en depósito o en prenda en el otro de un impensable, para inmovilizarlo. (…) Tales formaciones tienden a provocar una efracción en el campo de la escucha del analista, quien en un primer tiempo podría ser llamado a ese puesto de testigo pasmado por el horror.[1]