Psikeba. Revista de psicoanálisis y estudios culturales

SOBRE USOS Y ABUSOS DE LA TERMINOLOGIA “PSI”
El psicodiscurso de los políticos

Por Jorge Pinedo

Planea sobre el mundillo académico psi una chanza: sentencia que de las facultades de psicología vernáculas sólo egresan psicólogas, aún los varones. Alude a cierto espíritu maternizante, comprensivista, capaz de transformar un cúmulo de explicaciones en una ramplona justificación. Reducción acaso montada sobre aquello de que Edipo “no sabía” que había matado a su padre y que la mujer con la que se acostaba era su madre.
Por la inversa, pero en la misma vía, la argumentación psicológica que recluye en el ámbito estrictamente individual aquellas acciones que comprometen a los pueblos parece ocupar el espacio reproductor reservado a la ideología. Con lo que un acontecimiento político queda subsumido en la culpa privada de un destino singular al que la masividad de la historia aplasta. Espejismo que partiendo de la confesión, pero en sentido contrario al secreto que la acompaña, vuelve pública la responsabilidad individual que se torna vergüenza colectiva, hasta quedar disuelta. Catapultada a la condición de metafísica de la economía de mercado, la psicología también se diluye en una vulgata que soporta un sujeto autárquico al que desentiende tanto de la lógica como de los efectos de sus actos.
Tal vez por su eficacia publicitaria, una retórica acorde se reproduce hasta el punto de quedar naturalizada en un generoso rango de expresiones políticas. Desde las Confesiones de San Agustín, esto no es nuevo, ni es moderno. Con motivo de ofrecer antecedentes destinados a promover la Ley de Obediencia Debida, el 6 de mayo de 1987 el Procurador General de la Nación, Juan Octavio Gauna, adujo que los militares torturadores, asesinos y desaparecedores se vieron compelidos a causa del “entrenamiento destinado a incorporar el hábito del cumplimiento inexorable de las órdenes, y el condicionamiento psicológico...”. Cuando en 1989 Raúl Alfonsín terminó su vuelta, derivó su responsabilidad a la primera persona: “No supe, no quise, no pude”, con lo que el indiferenciado alud del mea culpa alcanzó para perpetuar impunidades propias y ajenas. Un lustro más tarde, el marino Scilingo sostuvo su confesión de haber arrojado seres humanos al mar en una canallesca “angustia” que lo agobiaba. Poco tiempo después, el 25 de abril de 1995, el entonces jefe del Ejército, general Martín Balza, basó su operativo blanqueo en un “deseo” personal de hacer llegar a la comunidad su mensaje “doloroso” sobre un pasado “que nunca fue sostenido y que se agita como un fantasma sobre la conciencia colectiva...”.
Más próximamente, un funcionario del FMI recetó poner a la Nación entera en tratamiento psicológico, borrando de un plumazo su participación patógena. Salvando las distancias, la renuncia del vicepresidente Carlos “Chacho” Alvarez pivotea sobre la explícita intención de “poder decir lo que pienso y lo que siento”. En consonancia, el alcalde porteño Aníbal Ibarra intentó consolidar la Alianza electoral en el municipio a fin de “contener” a los radicales.
Jerga psicológica hecha jerigonza, convierte conceptos y criterios en meros adjetivos al tiempo en que la retórica política los expropia y los vacía. Nada por aquí, nada por allá de los intereses económicos y fuerzas sociales en pugna, sólo, como supo señalar Eduardo Grüner (Conjetural Nº 31, setiembre 1995), “usar la culpa para perder la vergüenza”.
Aludir a la instancia subjetiva resulta una tentación más sencilla que obvia: Fernando de la Rúa tomado por la vacilación obsesiva en el umbral del rasgo paranoico; Chacho Alvarez compelido a repetir su personalísimo síntoma histérico de los portazos. Nuevos capítulos para ese género casi literario donde el relato autobiográfico se pretende universal mediante el procedimiento de autentificación de la autoproducción, versión posmoderna del autobombo. Mecanismo mediante el cual la política se despolitiza cadavez que los actos de los hombres públicos dejan de incluirse en la polis para restaurarse en lo íntimo y privado.
A aquella hazaña dialéctica perpetrada por el cristianismo de hacer de la serie pecado/confesión/arrepentimiento un dispositivo destinado a difundir la culpa privada en la responsabilidad colectiva, la psicología en función ideológica le invierte el procedimiento. Lanzada desde el tercer o aun del segundo término del conjunto, apunta al pecado personal, a la variable individual, para que de allí se desplace hacia la lógica de la punta del pincel que intenta teñir el mar: la responsabilidad individual queda diluida en la culpa colectiva, en el plural mayestático, en la supuestamente inimputable subjetividad del Yo.