Psikeba. Revista de psicoanálisis y estudios culturales

LA “IDENTIDAD” Y EL POETA FERNANDO PESSOA
Dolor de fingir que se finge dolor

“O poeta é um fingidor/Finge tao completamente/Que chega a fingir que é dor/A dor que
deveras sente.”
Fernando Pessoa

Por Roberto Harari *

En español: “El poeta es un fingidor/Finge tan completamente/Que llega a fingir que es dolor/El dolor que de veras siente.” (Autopsicografía, Obra poética, Nova Aguilar, Río de Janeiro, 1990, página 164.)
No existe el mitificado rapto de sinceridad en la expresión lírica de quien dice confesar lo que siente. Y así lo ha poetizado Pessoa en el magnífico epígrafe rector de este capítulo. En éste, el juego de palabras realizado en portugués no es reproducible en castellano: “fingidor”, escandido como “fingi/dor”, denota a quien “fingió dolor”, a más de ser un fingidor. No es, por tanto, ninguna confesión lírica íntima, sincera, directa en orden a lo introspectivo, pues, si se trata de un poeta, tiene que fingir que es dolor el dolor que de veras siente. ¿Por qué? Porque se requiere un trabajo, un procesamiento, donde la sensación “íntima” pueda lograr despersonalizarse, aceptando de tal modo las lógicas constricciones reguladoras de la efectuación artística.
Claro: si es un fingidor, a más de “caerle”, como disposición presta, el apellido Pessoa (o sea: “persona”), ¿qué alternativa puede quedarle, para hacerse un lugarcito al sol, sino intentar la busca de la despersonalización? Leámoslo, directamente, de su pluma: “Lo que Fernando Pessoa escribe pertenece a dos categorías de obras que podemos llamar ortónimas y heterónimas. No se podrá decir que son anónimas o seudónimas, porque no lo son. La seudónima es del autor en su persona, salvo en el nombre que firma. La heterónima es del autor fora de sua pessoa [...]”.
Por más que pareciera estar muy claro, es factible que el autor no se diese cuenta de lo así afirmado, o sea: el fuerte ligamen vigente entre esta tesitura y el élan impulsor del procurar situarse “fuera de su Pessoa”, fuera de su persona, en tanto vector decisivo para su invento de lo heteronímico.
Ahora bien, aunque Pessoa hubo de afirmar que el heterónimo es “[...] de una individualidad completa fabricada por él, como serían los decires de cualquier personaje de cualquier drama suyo [...]”, no nos parece convincente esa asimilación, porque no es lo mismo crear un personaje a cuyo respecto el autor afirma su invención, que el hecho de inventar directamente un autor, cuando no una pléyade de ellos (como es el caso de Pessoa). Así, cuando el autor inventa a otro autor, el primero ya labora en pos del benéfico desconocimiento de su creída “identidad”. Genera a otros, para desconocerse. Desde una postura ingenua se podría abonar que, obrando de tal forma, se socava, sucumbe, un ideal social; en efecto, ¿no se trata de que lo mejor es conocerse? ¿No se le atribuye acaso al psicoanálisis un lugar central en esta magna tarea, continuadora –se dice– del famoso “conócete a ti mismo”? Conforme con la sabia apreciación –y andadura– de Pessoa, cabe argüir lo contrario: la función de la invención poética conlleva una virtud antipsicológica, en la medida en que se escribe para desconocer la “propia” psicología (yoica); vale decir, para procurar instalarse fuera de su persona. No se trata de conocerse mejor según una forma de conocimiento “interior”. En suma: la heteronimia, tal como el decurso analizante, circula por la condición del autor fuera de su persona.
Por ende, abunda Pessoa: “Estas individualidades deben ser consideradas distintas del autor de ellas”. Y como conclusión, propone: “Si estas tres individualidades, Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Alvaro de Campos [...]”, esto es, todas las firmas que acompañan a quien también firma Fernando Pessoa, “[...] son más o menos reales que el propio Fernando Pessoa, es un problema metafísico que éste, ausente del secreto de los dioses, eignorando por lo tanto lo que es la realidad, nunca podrá resolver”. ¿Cuál es entonces el verdadero? Unica respuesta pertinente. “El poeta es un fingidor”. Respuesta harto valedera, también, para serles brindada a aquellos psicoanalistas que, anegados por algún “problema metafísico” (cuando no positivista), se afanan tras la “obtención” de una puntualización exacta sobre cómo fue lo sucedido en una sesión; o sea: la verdad, toda la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad (?).

* Fragmento del libro ¿Qué sucede en el acto analítico?, que se presentará hoy a las 20.30 en Billinghurst 1926.