Psikeba. Revista de psicoanálisis y estudios culturales

 

 

 

LA MADRE Y SU “LABOR DE SUBJETIVACION QUE NOS PERMITIO CRECER”
Nomeolvides porque yo te olvidé

El trabajo psíquico de la madre podría ser rescatado como modelo en psicoterapia por “su comprensión empática, su cosentir el sufrimiento del otro, que no contradice sino que habilita la capacidad simbólica”.

 

Por Irene Meler *

Asumiendo el riesgo de reconocer la edad, recordaré que durante mi infancia, cuando llegaba el Día de la Madre, el colegio nos proveía de un pergamino alusivo y de dos florecillas artificiales de “nomeolvides”, que cumplíamos con entregar desplegando de forma ritual una sonrisa estandarizada. Hoy, ya adulta y psicoanalista, reconozco en esas flores la expresión de una doble desmentida. ¿Por qué poner en labios de la madre esa expresión, “no me olvides”, si no fuera debido a la admisión implícita de que ya ha sido olvidada? Más aún, doblemente, porque se olvida que hemos olvidado.
No se trata del reconocimiento ruidoso de alguna culpa personal, sino de un intento de conceptualizar ciertas características del orden simbólico en cuyo contexto hemos advenido a ser sujetos. Diversas psicoanalistas con orientación en género, que inscriben su trabajo dentro del psicoanálisis intersubjetivo, desarrollado en los Estados Unidos con una fuerte apoyatura en el pensamiento de Donald Winnicott, consideran que muchos relatos psicoanalíticos no hacen sino reflejar el carácter androcéntrico de nuestra cultura.
Fueron psicoanalistas mujeres quienes advirtieron que la vida no comienza con el Edipo, sino antes. El desarrollo temprano fue objeto de estudio por parte de Melanie Klein, aunque sin duda existen numerosos aportes masculinos tales como los de John Bolwy y René Spitz, Michael Balint y muchos otros autores. Sin embargo, existe una tendencia a hipertrofiar la importancia de la resolución edípica. Sin desconocer el carácter estructurante del Edipo, podemos considerar que su estudio debe estar inserto en una consideración del desarrollo subjetivo desde los comienzos de la vida, vida que se inicia en alguna clase de contexto familiar. 
Jane Flax y Jessica Benjamin coinciden en pensar que la consideración del infante humano como un ser esencialmente narcisista favorece la replicación teórica de la tendencia inicial del infante a desconocer la existencia separada de quien lo asiste en su desamparo. Si bien el niño puede ser cognitivamente narcisista, sin la presencia de otro u otros, no podría sobrevivir ni humanizarse. Es más, parece demostrado que no vive sólo de leche, sino que existe un hambre de vínculo, cuya carencia puede llevarlo hasta la muerte, aunque sus necesidades biológicas sean satisfechas. Ese vínculo se establece con otro que en general es mujer, ya se trate de la madre biológica o de una sustituta. De modo que la hipertrofia teórica de una visión del ser humano como narcisista conduce a desestimar la importancia subjetiva de la otra, o sea de la madre, a la que luego compensamos con idealizaciones restitutivas. 
El estudio de la terapia psicoanalítica como un campo interactivo donde se ponen en juego la transferencia y la contratransferencia también ha sido objeto de este sesgo androcéntrico. Pese al reconocimiento del creador del psicoanálisis respecto del involucramiento del psicoanalista en el campo transferencial, que lo llevó a formular el principio de la atención flotante, Freud todavía conservaba cierta ilusión iluminista acerca de la posibilidad de un conocimiento objetivo. El aspiró a que su disciplina alcanzara la categoría de conocimiento científico y para esto debía lograr cierta objetividad y capacidad de contrastación y comprobación. El resultado inevitable del recurso a una epistemología propia de los saberes considerados científicos en la modernidad fue la ubicación imaginaria del analista como sujeto cognoscente y del paciente como objeto de conocimiento.
Las autoras de la escuela de psicoanálisis intersubjetivo describen al análisis como un trabajo de relación, una tarea interactiva donde el analista aprende y se cura con el paciente y el paciente sabe más de loque parece en un primer momento. Se instala un vínculo más simétrico y aunque en algunos casos existen comunicaciones contratransferenciales limitadas, no se trata tanto de hacer explícita la contratransferencia, como de que el analista la considere para su comprensión del paciente. Se estimula el recurso a la identificación como herramienta para comprender los sentimientos del analizando. 
Benjamin cita a Enrique Racker, quien destacó hace ya muchos años que si el analista no logra una identificación concordante con el analizando, es posible que aparezcan identificaciones complementarias, o sea con los objetos internos, ya sean persecutorios o benéficos, del paciente. Jane Flax destaca que las metáforas elegidas por Freud en sus escritos técnicos acerca del rol del analista han sido metáforas masculinas, tales como la de adoptar la actitud de un cirujano, o sea mantener la calma y la impersonalidad aunque corra sangre, o la de un espejo, es decir, ser prescindente y reflejar sólo lo que el paciente proyecta, o la de un general, que lucharía contra los “grandes batallones” de la compulsión a la repetición. Freud también expresa que el psicoanalista se maneja con algo semejante a “elementos químicos explosivos” y Flax agrega que él mismo es uno de esos elementos y que debe advertirlo.
El carácter de las intervenciones terapéuticas pierde su pretensión de verdad última. Es como si se dijera, y en ocasiones se reconoce de forma explícita, que eso es lo que ese analista en particular puede percibir en ese momento, y que tal vez otra persona percibiría, como de hecho ocurre, otros aspectos. Es decir, se reconoce que quien interpreta o da sentido al material clínico no es un “sujeto de supuesto saber” sino un sujeto, o sea subjetivo, que utiliza su subjetividad para comprender y que allí reside su riqueza, pero también sus límites. Finalmente, Benjamin recurre a una metáfora inspirada en la obra de Bion para dar cuenta del trabajo psíquico del psicoanalista. Así como la madre decodifica los mensajes que emite el bebé, les atribuye significado y de ese modo, a través de un acto de violencia (como también lo expresó Piera Aulagnier), construye capacidad simbólica en el infante, el psicoanalista da sentido, uno de varios sentidos posibles, al discurso del consultante. 
De este modo, el trabajo psíquico de la madre es rescatado del olvido, conceptualizado como trabajo y tomado como modelo de la actividad terapéutica. Dado que estamos en la posmodernidad, sabemos ya que lo que acabo de presentar es un relato, sólo eso, no la verdad absoluta. Después de Michel Foucault, también sabemos que esta lectura no es inocente con respecto de demandas de poder. Pero también podemos tener claro que esta tensión por el poder no apunta hacia el dominio sino hacia una mayor democratización del encuadre terapéutico, así como de la sociedad en su conjunto. De modo que, en lugar de los nomeolvides rituales, podemos ofrendar a nuestras madres el don de nuestro reconocimiento por la labor de subjetivación que nos permitió crecer. Tomarlas como uno de los modelos posibles de nuestra práctica es una expresión de ese reconocimiento, donde, más que la fría e impersonal racionalidad que se atribuyó a la masculinidad, se despliegue una comprensión empática, un cosentir el sufrimiento del otro, que en nada se contradice con la capacidad simbólica sino que la habilita de modo más genuino.

* Coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA).