Agrega ese texto que “para calificar como un ataque de pánico a estas crisis, se deben presentar como mínimo 4 de los 13 síntomas de ansiedad panicosa durante un episodio único, a saber: falta de aliento (disnea) o sensaciones de ahogo; mareo, sensación de inestabilidad, sensación de pérdida de conciencia; palpitaciones o ritmo cardíaco acelerado; temblores o sacudidas espasmódicas musculares; sudoración; sofocación; náuseas o molestias precordiales; despersonalización o desrealización; adormecimiento o sensaciones de hormigueo en diversas partes del cuerpo; escalofríos; dolor, opresión o molestias precordiales; miedo a morirse; miedo a volverse loco o perder el control”.
Alicia había venido a la guardia del Centro de Salud Mental Nº 3 junto con una prima. Manifestó tener frecuentemente una serie de sensaciones de intenso miedo, mareos, falta de respiración, náuseas; contó que no podía salir a la calle sola: “Voy a algún lugar y siento que no llego”. Estos estados incluían ideas de que se iba a morir. La paciente llamaba a estos accesos “la cosa”. Cuando ocurrían: “Me viene la cosa”. Ella se mostraba tímida, era de poco hablar y se definía como muy callada.
Con todo lo dicho, tenemos una serie de elementos que se adaptan fácilmente a las definiciones expuestas anteriormente, aunque también es cierto que ya desde su presentación Alicia nos anuncia algo que va más allá de cualquier generalidad.
Alicia vivía con sus padres, a quienes ayudaba en su negocio de bazar. Comentó que últimamente no realizaba actividades ni salía, había dejado sus estudios y sentía excesiva preocupación y miedo por su salud. Había consultado distintos médicos, se había hecho distintos análisis sin que apareciera ninguna anomalía. Le recetaron un medicamento que finalmente no tomó.
En su primera entrevista, relató un recuerdo de adolescencia: en mitad de una fiesta de cumpleaños, se había desatado una tormenta, y su padre se había presentado para alcanzarle un piloto de su casa, lo cual le produjo una inmensa vergüenza ante sus compañeros: “Me dio mucha bronca y estuve tres meses sin hablarle”. Al contar este suceso, se angustió y lloró.
Empezó a hablar de su padre: “Mi papá siempre está mal, se la pasa yendo al médico, siempre tomando pastillas, siempre se queja de todo, siempre se siente mal”. Respecto de su madre, “ella nada que ver, hace de todo en la casa, se ocupa de todo”. No obstante definió a su madre como una persona “bruta”, que cuando era chica a veces le pegaba.
Durante las entrevistas trajo muchos recuerdos infantiles ligados a sus miedos en el presente: cuando era chica sentía mucho miedo a la noche cuando estaba por dormirse; muchas veces pensaba que se iba a morir; en la escuela era muy vergonzosa y casi no hablaba en clase, cuando estaba en un cumpleaños quería volver a la casa.
Poco antes de la consulta, ella había terminado una relación de pareja que había durado un año y cuyo final fue poco claro: él pidió un tiempo yno la volvió a llamar, ella quiso llamarlo varias veces pero no se animó; salió después con otros chicos pero no pudo dejar de extrañarlo.
Luego de las primeras entrevistas surgió un sueño, en el cual ella se despertaba tarde y no llegaba a su cita conmigo en el hospital. Al respecto contó que cuando era chica a menudo soñaba que llegaba tarde al colegio y que cuando iba al secundario soñaba que tenía que ir a clase y se le hacía tarde. Otra vez, tampoco llegaba.
Hasta aquí, hay una irrupción atípica de sensaciones en el cuerpo, una serie de temores permanentes y angustia; interrogada al respecto, aparece un conflictiva y quejas referidas a su padre. Alicia siempre le recriminó sus actitudes temerosas e hipocondríacas, a lo cual su padre respondía: “Cuando seas grande vas a saber lo que es”.
Alicia denuncia en su padre un estilo muy poco resuelto a la hora de manejar su vida: “Toda su vida bajo las polleras de la madre, jamás hizo nada sin consultarla”. También cuenta que el padre tuvo durante muchos años una novia, que lo dejó; “A los tres meses conoció a mi mamá y se casó enseguida”. Alicia infiere que su padre se casó para no quedarse solo.
El material empieza a develar algo del orden de la identificación respecto del síntoma paterno.
Una presentación clínica como ésta nos ubica en la encrucijada entre el discurso médico-psiquiátrico y el discurso del psicoanálisis. Se pone aquí en evidencia el enfrentamiento entre una modalidad caracterizada por establecer generalidades teóricas, teniendo en cuenta fundamentalmente el componente fenomenológico, versus una modalidad de intervención basada en la especificidad de cada caso en su dimensión singular.
Tal vez el caso en cuestión no sea el mejor ejemplo clínico para ilustrar lo que la psiquiatría considera un ataque de pánico, pero, seguramente, al contener los requisitos mínimos establecidos por ella, nos permite captar varias de las implicaciones de su discurso, ya sea desde la transmisión social de éste, ya sea desde los efectos de una terapéutica, y, en última instancia, desde las consecuencias de su aplicación.
Alicia nos conduce paradigmáticamente de un discurso a otro: desde las consultas médicas, los análisis clínicos, hasta su consulta a la guardia de nuestro Centro; desde la exposición de su cuerpo al saber del Otro, hasta la apuesta a la palabra desplegada en su mayor expresión y con la riqueza significante que nos guiará durante la cura.
Muchas veces, la primacía o la popularidad de un discurso genera efectos penosos porque condicionan la dirección de un tratamiento hacia la utilización innecesaria de medicación. Alicia desobedeció la indicación farmacológica, eludiendo así, no sólo cuestiones que se refieren a la línea paterna, sino también el mandato del discurso médico.
Los enunciados de un paciente contienen, muchas veces, aspectos de la subjetividad que obedecen a representaciones socialmente construidas de lo normal y lo patológico. Nombrar el padecimiento bajo estos significantes, que son parte del discurso social, puede otorgar a los pacientes una especie de alivio. Alicia nombra a su padecer “la cosa” en un principio, “pánico” después. Poner un nombre allí donde hay algo enigmático otorga a la sujeto algo, en el lugar donde no sabe de sí misma. Y, junto a esos ataques de temores y sensaciones extrañas, la curiosa sensación de “no poder llegar”. Hay un posterior despliegue de la cadena significante. Entre las dos formas de decirlo aparece aquello que la hace sujeto, representada por aquellos significantes a los cuales, a través de sus preguntas intente quizá “querer llegar”.
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