En cuanto a la etiología manifiestan que se desconoce y explican que más del 95% de los casos no presenta lesión neurológica, por lo cual esta debe excluirse, siendo la hipótesis más aceptada la alteración de ciertos neurotransmisores. ¿Qué significa esto? Una alteración funcional, un cambio. Una psiquiatra que proponía la medicación de este síndrome, con esta justificación del cambio en los neurotransmisores, consultada por si esta variación que se puede ver en los mapeos era causa o efecto del síndrome, me aclaró que eso es lo que no se sabía.
Como esta alteración en los neurotransmisores era similar a la de la depresión en adultos se comienza a tratar con farmacología antidepresiva a estos niños, prefiriéndose luego psicoestimulantes derivados de anfetaminas como el metilfenidato (Ritalina), por su efecto paradojal sedante.
Los síntomas que conformarían el ADD van, según el manual Merck desde la inquietud o impaciencia e impulsividad, pasando por la falta de atención, y llegando hasta la pasividad o letargo, en una profusa gama de matices que diluye la especificidad del diagnóstico.
Respecto del discurso médico y su repercusión en lo social como normativo, leemos en el manual: "los síntomas deben aparecer en dos o más situaciones (por ej. hogar y escuela) y deben alterar el funcionamiento social o académico". "La falta de atención y la impulsividad limitan el desarrollo de las habilidades académicas (...) la motivación escolar y la adaptación a las demandas sociales". "El ADD guarda relación con las tareas y con el entorno y las aulas tradicionales...".
Este manual supone que los chicos con ADD: "suelen ser desobedientes o desafiantes". A partir de esto conjeturan para su futuro "dificultades para aprender un comportamiento social correcto".
El tratamiento que es "para controlar los síntomas", sugiere que "lo mejor es usar agentes psicoestimulantes combinados con asesoramiento". "Los psicoestimulantes resultan más efectivos en los niños con ADD menos impulsivos". Y en un prospecto de psicoestimulantes, se advierte que están contraindicados en casos de ansiedad marcada, tensión y agitación, ya que puede agravarlas.
Los efectos secundarios más frecuentes del fármaco son: insomnio, depresión, cefaleas, acidez, anorexia, nerviosismo, y ascenso de la presión arterial. Con dosis grandes: supresión crónica del apetito y disminución del crecimiento. Dosis bajas suelen favorecer el aprendizaje, y las altas, la obediencia. Un paciente de 9 años, que medican con esta droga, me explicaba, en presencia de sus padres, que la misma le era suministrada: "para no portarme mal". Ejemplo de cómo este cuadro médico parece hecho a medida de otras demandas, diferentes a las del sujeto. Lo cual insiste en esta frase del manual: "Muchas veces, el fármaco se prescribe sólo para ayudar al niño durante las horas de clase. Se aconseja dar vacaciones medicamentosas (durante fines de semana o vacaciones escolares)". Aclara el manual, que "no se ha demostrado que los fármacos, por sí solos, produzcan beneficios a largo plazo". En el prospecto se afirma que en menores de 6 años la seguridad de su uso y efectos a largo plazo no fue establecida.
El libro titulado "El niño que no podía dejar de portarse mal", se dedica a justificar la existencia del ADD y su farmacoterapia sobre todo. En él las alertas del prospecto de metilfenidato respecto a los casos reportados de merma del crecimiento, así como de los riesgos de esta droga con relación al abuso y la dependencia, son rechazados por el autor, para quien se inscriben en el campo de los mitos. Argumentando contra los riesgos de adicción, cita una experiencia en la que a un grupo de niños le suministran metilfenidato y placebos en forma alternada. Como los niños no podían diferenciar cuándo les daban la droga y cuando el placebo, concluyen que no podían generar una adicción a algo que no les producía cambios que pudieran percibir. Dejando de lado el valor de objeto obturante del fármaco como respuesta, más allá de su poder químico. En ese sentido es interesante lo que dice aquel paciente, respecto al lugar que otorga a la droga: "Yo no quiero tomarla. Me olvido. Mi mamá me tiene que recordar. Me dice que la vaya a tomar pero me olvido, y mejor. No quiero acostumbrarme. Tengo que hacerlo yo sin pastillas. Porque si no cuando sea grande voy a tener que tomar pastillas, y si no, me voy a portar mal, y no voy a tener novia". Aclara que las pastillas son para que no le agarren ataques de nervios, que refiere a las diferencias que su madre hace entre él y su hermano. Se puede pensar que actuando en el organismo, el efecto del fármaco sobre la subjetividad, al esquivar el territorio del sentido, conlleva un riesgo de destierro del sujeto. Este paciente da sus razones en la vía opuesta, de rebelión respecto del fármaco. Por el contrario, en las experiencias científicas, la escucha de la subjetividad es de antemano cercenada.
El objetivo lucrativo de los nacientes Centros de Asistencia de ADD, sumado al negocio farmacéutico, parece apuntar a la instalación progresiva de un modo de respuesta de difícil control en la situación actual del mercado, tal como la pensaba Lacan cuando decía que el sentido que tiene la sociedad de consumidores proviene de que al elemento humano se le provee el equivalente homogéneo de cualquier plus de goce producto de nuestra industria, un plus de goce de imitación. Y agregaba: "eso puede llegar a cundir. Si se puede simular el plus de goce, eso mantiene a mucha gente entretenida". Objetos, entonces, que intentan igualar el valor de goce para todos, obturando así la desocultación del tipo de goce único que atañe a cada uno. La cuestión está entre aportar un objeto homogéneo de simulación de plus de goce, o semblantear el objeto para cada sujeto.
Es el lugar de objeto en que puede quedar el niño por los avatares de su constitución subjetiva con relación a un Otro primordial el que, en razón de esta medicación desde el lugar del Otro, puede ser redoblado. Su posición de sujeto, ya no en suspenso, depende de la constitución sintomática, que implica la emergencia de un sujeto del síntoma. Síntoma analítico como reverso del discurso médico, encarnado este en la prescripción medicamentosa que el ADD justifica.
Esta prescripción de un fármaco acude al lugar de la angustia en juego, lo cual evita el despliegue de la demanda. En algunos casos, la madre acalla a través del niño su propia pregunta. Si la medicación del niño es en estos casos para la madre, es su demanda la que queda obturada, quedando el niño objetalizado porque es en su cuerpo donde se despliega la fantasmática materna, donde el síntoma estalla y donde se lo pretende silenciar. De esta manera la medicación hace consistir a lo orgánico como causa, evitándose así toda pregunta por la verdad que el síntoma pueda encarnar. Hay sin duda prescripciones necesarias de psicofármacos, pero si lo que se medica es la angustia, una cuestión a tener en cuenta cuando se medica a niños es con qué contamos, qué madre, qué padre, y qué de ese entorno se está medicando en el niño. Con lo cual este corre peligro de sostener así el funcionamiento normal, en el sentido en que en el ADD podíamos encontrar al fármaco a favor de la norma escolar, así como también el funcionamiento normal de lo que Lacan llamó la pareja familiar.
Desde el psicoanálisis se trata de devolver al síntoma su dignidad, volverlo ese "digno oponente", como llamó Freud en Recordar, repetir y elaborar a los fenómenos de la neurosis, "ese fragmento de su ser que se nutre de buenos motivos y del que deberá espigar algo valioso para su vida posterior". Se trata, contra la política del avestruz, en que nada se quiere saber de la castración, de una política del síntoma, que ponga a trabajar lo que en el síntoma se propone como tratamiento de lo real, y de su afecto característico, la angustia.
Dado que los padres suelen demandar la medicación del niño, un semblante de sometimiento al discurso médico podría ser una forma de maniobrar con el modo en que esa demanda perentoria se presenta. Oponerse podría representar su rechazo. Por ello, más allá de la medicación, habría que apuntar a trabajar el lugar de este modo de respuesta en los padres, dado que, si accedieran a suspender la medicación sin haber desplegado algunas razones, habría que esperar en el horizonte, dado el modo de respuesta a la angustia, un nuevo objeto para obturarla. Habrá que escuchar entonces las demandas, de niño y padres, y en ellas qué del deseo, siempre novedoso, se va diciendo. Aunque la demanda de los padres sea medicar a su hijo, habrá que hacer lugar a eso para que pueda hacerse otra cosa con eso.
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