“El filósofo no se reduce a su infamia”
Reportaje al psicoanalista Jorge Aleman, de la Escuela Europea de Psicoanálisis
|
El psicoanalista Jorge Alemán, en su última visita a Buenos Aires, entabló con Página/12 un diálogo que conduce desde la visibilidad total del campo de concentración hasta la invisibilidad del inconsciente. |
por Rubén Ríos*
“Sería una gran satisfacción contribuir con mi trabajo al advenimiento de un nuevo proyecto de emancipación”, afirma Jorge Alemán, psicoanalista argentino residente en Madrid desde 1975. Miembro de la Escuela Europea de Psicoanálisis y de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de España, dirige varias publicaciones de psicoanálisis y ha publicado diversos libros sobre la relación de Lacan con la filosofía. Estuvo en la Argentina con motivo del XI Encuentro Internacional del Campo Freudiano y el II Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), y presentó además su último libro: Jacques Lacan y el debate posmoderno.
–¿Por qué usted considera tan importante para el psicoanálisis y para la cura analítica la investigación del encuentro de Lacan y el pensamiento filosófico, eso que Lacan llamaba “antifilosofía”?
–Es que toda experiencia humana es ya una experiencia filosófica. La filosofía es el modo que tuvo el ser humano de pensar su relación con los otros y consigo mismo. Entendí que el psicoanálisis era una experiencia que quería atravesar la filosofía e ir más allá de ella, para realizar una operación que la filosofía no había previsto. Lacan mostró que los psicoanalistas que no hablaban una palabra de filosofía, los posfreudianos, fueron los más filosóficos de todos. A partir de Lacan, para mí, surge la idea de que conocer la tradición filosófica es saber a la vez cómo estamos hechos.
–¿Usted percibía una deficiencia en el psicoanálisis en ese sentido?
–Antes de Lacan, sin duda alguna. Freud estaba muy preocupado por la cuestión del plagio. Por eso no leía a Nietzsche. Además, en la medida que Freud consideraba que la filosofía había llegado a cierta culminación y que empezaba a tornarse historia de la filosofía, no quería que el psicoanálisis atravesara la filosofía. De ahí su discreción filosófica. Lacan fue el que se dio cuenta de que esto no podía seguir así, que había que convocar a la filosofía para atravesarla. Pero para el psicoanálisis no se trata sólo de entender, sino también de remediar.
–¿Eso quiere decir que el trabajo del psicoanálisis con el pensamiento tiene efectos en la concepción y la práctica de la cura analítica?
–Tiene una implicación directa. Escuchar exige una gran disciplina, para la cual hay que prepararse. Entonces, si el psicoanalista no considera ni conoce los modos en que se organiza la representación humana, las constantes que sostienen a la subjetividad contemporánea, no termina de captar el alcance de la experiencia en la que está involucrado. Lacan expresó que la experiencia analítica no se realiza en términos de progreso y no llega a una síntesis, a un final resuelto como totalidad. Todo ello cuestiona la tendencia filosófica espontánea a buscar el progreso, la síntesis, la solución, la clausura. Para ir a contrapelo de estas representaciones es necesario conocer y atravesar el pensamiento filosófico.
–Pero, ¿esto afecta la clínica?
–La filosofía, en sus comienzos, fue clínica. Pensar, al menos en la tradición griega, era cuidarse. El pensamiento era, sobre todo, cuidado de sí. Pensar y curarse era lo mismo. Sin embargo, hoy la filosofía no es el lugar de la cura, sino el psicoanálisis. La clínica vuelve a conectar con esa intención primera de la filosofía. Esa intención primera de la filosofía paulatinamente se borró, sobre todo cuando se vuelve historia de la filosofía y somete su propio régimen de producción de saber a las regulaciones del discurso universitario. El propio Lacan adoptó cuestiones filosóficas con un valor clínico inédito. Vinculó, por ejemplo, el “alma bella” hegeliana con la histeria, el problema del ser heideggeriano con la pulsión de muerte; la dialéctica sin síntesis del marxismo lo llevó a laexperiencia de la cura, la plusvalía al plus de goce de la pulsión. En Lacan hay todo el tiempo una violencia sobre la tradición filosófica para recuperarla en la experiencia analítica, en la cura. Sin este trabajo con el pensamiento filosófico, la clínica es una onda terapéutica más.
–Sin embargo, el núcleo primordial de Lacan es el encuentro entre Freud y Heidegger.
–Sin duda. Hubo dos grandes críticas al sujeto cartesiano, al sujeto de la modernidad. ¿Quiénes lo subvierten?: Freud y Heidegger. Y tal vez Nietzsche, pero aquí asumo la interpretación de Heidegger que lo ubica en la metafísica. Es un acierto mayor de Lacan encontrar los procedimientos para formular un diálogo entre Freud y Heidegger, quienes por diversos motivos no hubiesen hablado nunca.
–¿Pero no hay un riesgo en realizar ese cruce entre Freud y Heidegger, cuando el primero es más bien un moderno y el segundo, decididamente antimoderno?
–Freud es un moderno, pero se le impone una experiencia que imprevistamente lo lleva a una crítica a la modernidad. Freud es la filosofía de las Luces más la pulsión de muerte. Pero hay un error respecto de Heidegger, al que él contribuyó con la imperdonable canallada de 1933 aceptando el rectorado nazi. Ahora, todo el pensamiento de Heidegger no se reduce a esa infamia. En realidad, Heidegger no es un antimoderno. ¿Puede serlo un lector tan fino de Kant, de Descartes, de Hegel? Lo que intenta pensar Heidegger es el ser del sujeto moderno. Ahora, el psicoanálisis define tanto una experiencia moderna como una experiencia deconstructora de la modernidad.
–Judith Miller no duda en definir a Lacan como un moderno.
–Lo es, pero no en el sentido iluminista que esquivó, mediante la razón, el diálogo con aquello que excedía a la modernidad. El psicoanálisis es la razón moderna dialogando con sus sombras. Es una razón fronteriza, como diría Trías, dialogando con su alteridad. Para Lacan el psicoanalista no es un profesional liberal, no es un técnico del inconsciente, sino una figura ética. A mí, que participé en el fracasado proyecto argentino de emancipación, la tensión que entonces había entre esa experiencia colectiva y el problema del sujeto aún me preocupa. Es decir, por un lado la práctica política, y por el otro un sujeto que no se dejaba apresar por los mismos términos que esa práctica, y que incluso la desmentía.
–Como diría León Rozitchner: ¿una “izquierda sin sujeto”?
–Podría decirse. Eso está todavía por resolverse. Por ahora, al respecto, mi trabajo con Lacan y la filosofía es preliminar. El capitalismo se desencadenó de tal manera que ninguna praxis humana lo puede regular, lo cual borra la relación de cada uno con la verdad y destruye toda experiencia con la alteridad, con aquello que lo excede. Hoy podríamos generalizar esa frase de Maurice Blanchot que define el campo de concentración como lugar donde todo se ha vuelto visible. Ahora bien, el campo del inconsciente no es visible.
* Publicado en Página 12 - Suplemento Psicología.
|