Flora Alejandra Pizarnik nació en Avellaneda, un inquieto suburbio de Buenos Aires, el 29 de abril de 1936. Allí quedaron los juegos infantiles de Buma, Flora en idish, como la llamaban sus padres. Era la segunda hija de un matrimonio ruso de ascendencia judía. Allí quedó también su paso por la Escuela Normal Mixta, donde todavía hoy resuenan sus rebeldías y complejos de adolescente. El desarraigo de Pizarnik, provocado por esta falta especial de raíces nacionales y locales, se relaciona con el sentimiento de exilio que recorre sus poemas y que no la abandonó jamás.
En 1954 concluye los estudios secundarios y comienza un periodo de titubeo académico. Ese mismo año ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Comienza también a estudiar pintura, con Juan Battle Planas, quien contribuyó a la evolución de sus conceptos sobre poesía, y a su modo tratar la distribución del texto sobre la página en blanco, como una forma, un dibujo.
Es su padre quien costea su primer libro, La última inocencia (1956), e incluso llega a abonar los honorarios del psicoanalista que intentará poner en orden el desván sentimental de Alejandra. De hecho, ni la pintura ni la poesía bastan como terapia, y ella experimenta el breve y peligroso fenómeno psicodélico de las anfetaminas. También cura el dolor con analgésicos y frecuenta los somníferos para escapar de la vigilia nocturna.
Por entonces ya está muy relacionada con poetas contemporáneos suyos como Rubén Vela y Clara Silva.
En 1958 publica Las aventuras perdidas, que lleva una ilustración de Paul Klee, quien fue con Hyeronimus Bosch su pintor favorito.
Por esta época inicia su amistad con Olga Orozco, que durará hasta su muerte. A ella dedica su poema “Tiempo” del mismo libro. Otro poema, “Exilio”, está dedicado al poeta Raúl Gustavo Aguirre. En este libro ya aparece explícitamente una temática que desarrollará más tarde hasta la exasperación: la noche como realización y la luz como negación de vida.
Su mundo es generalmente amargo. Una vida definida como un dolor vehemente, una absoluta desesperación. Para Olga Orozco, su pesimismo de esos años tiene que ver con sus fracasos amorosos, y la muerte del poeta colombiano Jorge Gaitán Durán, por quien sintió un enamoramiento profundo.
Termina así una primera etapa de aprendizaje y se cierra un ciclo. Comienza su segunda etapa —la etapa de París— que dura cuatro años, de 1960 a 1964, y que la lanza a un escenario internacional, a nuevas perspectivas y a una maduración personal, que hará que pertenezcan a esta época la mayor parte de sus poemas antológicos. Es en París donde conoce a Octavio Paz y a Julio Cortázar, amistades que continúa hasta su muerte. En esta ciudad desarrolla una actividad múltiple: es redactora de la revista "Cuadernos", pertenece al comité de colaboradores extranjeros de Les Lettres Nouvelles, y conoce a escritores de la importancia de Yves Bonnefoy, André Pieyre de Mandiargues y Henri Michaux. Su pasión por París durará hasta su muerte.
En el año 1965 regresa a Buenos Aires y aparece un nuevo libro, Los trabajos y las noches. Con esta obra obtiene el Primer Premio Municipal. Corresponde a su época de plenitud, y son poemas escritos, en su mayoría, en París. Tanto en Árbol de Diana como en Los trabajos y las noches hay poemas de esperanza, de certeza. El libro está recorrido por una luminosidad que no volverá a lograr nunca más.
En Los trabajos y las noches también hay desesperanza; son poemas de gran intensidad, y de gran rigor. Con este libro obtiene el premio Fondo Nacional de las Artes, y el Primer Premio de la Municipalidad de Buenos Aires. Es el inicio de sus obsesiones y delirios, pero no se harán evidentes hasta la última etapa de su obra.
Sus tendencias obsesivas se agudizan hacia el final de su vida. Sobreviene una etapa de marcada melancolía, y la sombra de la locura desquició sus últimos años. Aparecen entonces sus libros: Extracción de la piedra de locura (1968), y El infierno musical (1971). Ya todas, o casi todas las imágenes de estos libros son de desgarramiento y de alienación. Es un período de intensa depresión. En El infierno musical ya hay imágenes de principio de locura y aparece explícita la idea del suicidio: “triste como sí misma / hermosa como el suicidio” El suicidio está descrito en su obra con placer, como si el suicidio —el no ser— fuese un triunfo.
Termina sus días viviendo en un mundo de tinieblas: Rechazaba la luz, y vivía de noche. Sale del hospital, después de una estancia de cinco meses en Enero de 1972, y en una carta a Juan Liscano se advierte su desequilibrio: “En Buenos Aires no aceptan que una poeta tan pura tenga necesidades. Oh, que se vayan a la mierda”.
Alejandra Pizarnik se libera, en su poesía y su vida, cuando elige el suicidio como salida de elección.
Enrique Molina, que tanto y tan bien la conocía, escribió sobre ella que “no tenía salvación: no había aprendido a mentirse, a resignarse, a olvidar”.
Su vida termina en un abandonarse inerte y regresivo. La mañana del 25 de septiembre de 1972, una dosis intencional de barbitúricos le tranquilizó el espíritu para siempre. Tenía 36 años.
Alejandra, la poeta de la palabra desgarrada. La niña grande que pintó lilas y fragmentos. Alejandra y su eterna soledad, la soledad como un barco a la deriva. Fuente: JP
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